Maia contó las páginas del libro: 57 capítulos se alineaban ahora con números que sólo ella parecía ver. Cada capítulo había alterado un detalle de su entorno —un rostro, una frase, un olor— y con cada cambio, Maia sentía cómo el borde entre la lectura y la vida se volvía más frágil. Aterrada, decidió destruir el libro. Lo llevó al río, encendió una cerilla y lo arrojó. Las llamas consumieron la tela negra, pero las palabras se desprendieron y flotaron como plumas hacia la ciudad; una de ellas cayó en su mano y se pegó a la piel: "No eres la primera en leerme."
Ask yourself brutally:
